Del Abogado Amigo

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A veces no entiendo

Luis Torre Aliyán


Por ahí leí un tuit que me gustó: “El sexenio de la corrupción cierra a tambor batiente. EPN y sus compinches amarran la pronta excarcelación de Javier Duarte, liberan a Alejandro Gutiérrez y siguen protegiendo a César Duarte. Aprovecharán hasta el último momento de poder para asegurar la impunidad de los suyos.”

Así parece y creo que así es, pero no sé Ustedes: yo ya me cansé de hablar del sexenio saliente.

Y si acaso resulta necesario, debe hacerse dentro del siguiente contexto: ¿Qué postura tiene y tendrá la administración entrante respecto de los -enormes- actos de corrupción que se presumen hubo en la administración de Peña?

No es posible, de verdad, que después del sexenio de los escándalos no haya castigo para esos delincuentes.

E increíblemente, cuando algún gobierno local o fiscalía local se atreve a juzgar a un exgobernador, ligeramente se afirma que se trata de venganza personal o revancha política, en vez de reconocer la firmeza para propiciar que no quede impune lo que no debe quedar, que haya, por lo menos, ese valor tan escaso en nuestra sociedad: un poco de justicia.

Pero al final de cuentas la política pública en el tema se marcará desde México, y “la cuarta transformación”, como el presidente electo le llama, no puede venir sin fortalecer el Estado de Derecho, y aunque éste comprende muchos rubros, el combate frontal, firme, a la corrupción, es fundamental.

¿Porque, cómo redignificar la política si a los ojos de la ciudadanía sigue siendo más castigado el honesto que el corrupto?

¿Creen Ustedes que quepa dentro la “cuarta transformación” que los corruptos de este sexenio jueguen golf los siguientes años alegremente en el Estado de México? ¿De qué transformación estaríamos hablando?

“Con la austeridad no alcanza”, titulé una columna hace semanas, y tal cual: frenando solo los privilegios no terminarán las adjudicaciones arregladas, en perjuicio directo de la competitividad, tampoco los contratos inflados –como preparación del moche-, en perjuicio del dinero de todos, mucho menos terminará la soberbia de algunos políticos derivada de su enriquecimiento, que crece en la misma proporción que crece la certeza de su impunidad.

Creo en lo que sostiene Denise Dresser: la reconciliación del país no está reñida con la rendición de cuentas, y “la cuarta transformación” no debería implicar una amnesia obligada, si se va a ofrecer perdón y olvido estaremos condenados a repetir lo que nunca castigamos.

Y es que, díganme por favor, en este país, ¿cuáles son los incentivos para ser honesto, además de tener la conciencia tranquila?

Vivimos, lamentablemente, en una subcultura en la que, incluso, el que fue parte de una administración y robó, le llama (y disculpen la expresión) “pendejo” al que no lo hizo o no lo hará; cuando en realidad el que profiere ese ataque verbal debería estar tras las rejas por la forma de elevar su patrimonio repentinamente, a costillas de los impuestos de quienes los pagamos.

Pregunta: ¿No debería de ser al revés? ¿No debería el honesto llamar “pendejo” al que robó porque saqueó y porque seguramente está por ser investigado y sancionado por su actuar?

La Fiscalía autónoma, independiente del Presidente de la República, es necesaria, para que luego se replique esto en los Estados. Pero así de claro como se escucha eso, o más claro aún todavía, ha sido Andrés Manuel López Obrador en decir que no, que no habrá tal Fiscalía autónoma.

¿Por qué? ¿Por qué si él no es corrupto y en MORENA reina la moralidad, no quiere que exista esa figura? A veces no entiendo: ¿Sí, a la constitución moral, pero no a reformar el 102 constitucional para que tengamos una Fiscalía autónoma?

Vaya incongruencia, ¿no?

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